—Pues bien, Catalina—dijo éste—; todo ha terminado. Ahora vamos a subir allá arriba.
Frantz, Kasper y los de la escolta, Marcos Divès, Materne, todos esperaban en la cocina con las armas en descanso.
—Duchêne—dijo la labradora—; márchese a la aldea; no quiero que el enemigo, por mi causa, le maltrate.
El viejo servidor, moviendo su blanca cabeza, y con los ojos llenos de lágrimas, contestó:
—Lo mismo es, señora Lefèvre, que yo muera aquí. Hace cincuenta años que vine a esta casa...; no me obligue usted a dejarla: eso sería mi muerte.
—Como usted quiera, mi pobre Duchêne—respondió Catalina enternecida—; aquí tiene las llaves de la casa.
Y el pobre anciano fue a sentarse al fondo del hogar, en un escabel, con los ojos fijos y la boca entreabierta, como perdido en un largo y doloroso desvarío.
Emprendiose la marcha hacia el Falkenstein. Marcos Divès, a caballo, empuñando su largo espadón, constituía la retaguardia. Frantz y Hullin, a la izquierda, observaban la meseta; Kasper y Jerónimo, a la derecha, exploraban el valle; Materne y los hombres de la escolta rodeaban a las mujeres. ¡Cosa extraña! Delante de las casuchas de la aldea de Charmes, en el umbral de las puertas, en los tragaluces y en las ventanas, se veían figuras viejas y amarillas que miraban con curiosidad la huída de la señora Lefèvre; y las malas lenguas no se apiadaban de su situación: «¡Ah! ¡Vedlos sin casa ni hogar!—exclamaban—. ¡Para que se metan donde no los llaman!»
Otros decían en voz alta que Catalina había sido rica bastante tiempo, y que a cada cual le llega el turno de pedir limosna. Respecto de los trabajos, de la prudencia, de la bondad de corazón, de todas las virtudes de la anciana labradora, del patriotismo de Juan Claudio, del valor de Jerónimo y de los tres Materne, del desinterés del doctor Lorquin y de la abnegación de Marcos Divès, nadie decía nada: ¡estaban vencidos!