En el fondo del valle de Bouleaux, a dos tiros de fusil de la aldea de Charmes, hacia la izquierda, la comitiva empezó a subir lentamente el sendero del viejo burgo. Hullin, al recordar que había seguido el mismo camino cuando fue a comprar la pólvora a Marcos Divès, no pudo substraerse a una tristeza profunda. Entonces, a pesar del viaje a Falsburgo, a pesar del espectáculo de los heridos de Hanau y Leipzig, a pesar de los relatos del viejo sargento, no temía nada; conservaba intacta su energía y no dudaba del éxito de la defensa. Ahora todo estaba perdido; el enemigo entraba en Lorena y los montañeses huían. Marcos Divès costeaba el muro, marchando por la nieve; su caballo, acostumbrado sin duda a aquel camino, relinchaba, alzando la cabeza y bajándola hasta el petral, con bruscas sacudidas. El contrabandista se volvía, de vez en cuando, para dirigir una mirada a la meseta de «El Encinar», que se hallaba enfrente. De improviso exclamó:
—¡Ya se ven los cosacos!
Al oír aquella exclamación, la fuerza hizo alto para mirar lo que sucedía. Se hallaban los expedicionarios muy arriba en la montaña, por encima de la aldea y de la casa de «El Encinar». La luz grisácea del invierno dispersaba las nieblas matinales, y en los pliegues de la ladera se divisaba la silueta de varios cosacos mirando a lo lejos, con las pistolas en alto y aproximándose lentamente a la vieja alquería. El enemigo se había desplegado en guerrilla y parecía temer una sorpresa. Pocos momentos después se vio surgir a otros cosacos que subían por el valle de Houx, y más tarde, a muchos otros; todos marchaban en la misma actitud, de pie sobre los estribos para ver de lejos y como si fuesen de descubierta. Los primeros, al llegar a la casa de labor y no observar nada sospechoso, agitaron sus lanzas y dieron media vuelta. Los demás acudieron entonces velozmente, como los cuervos que siguen raudos al que se eleva mucho, suponiendo que ha descubierto alguna presa. En pocos instantes la casa fue rodeada y la puerta abierta. Dos minutos después los cristales volaban en pedazos; los muebles, los jergones y la ropa blanca salía por todas las ventanas a la vez. Catalina contemplaba aquel estrago con aire tranquilo, y su nariz aguileña parecía más inclinada hacia la boca. Durante un buen espacio de tiempo la anciana nada dijo; pero al ver de repente a Yégof, a quien no había distinguido hasta entonces, golpear a Duchêne con el cabo de su lanza y arrojarlo fuera de la casa, no pudo reprimir un grito de indignación.
—¡Oh, miserable!... ¡Es preciso ser un cobarde para maltratar a un pobre viejo que no puede defenderse! ¡Ah, bandido! ¡Si yo te cogiese!...
—¡Vamos, Catalina!—gritó Juan Claudio—; es demasiado; ¿para que detenerse a contemplar semejante espectáculo?
—Tiene usted razón—respondió la labradora—; marchemos. Sería capaz de bajar yo sola para vengarme.
Mientras más subían, más frío y fuerte era el viento. Luisa, la hija de los heimatshlos, con una cestilla de provisiones al brazo, iba delante de todos. El cielo azulado, las llanuras de Alsacia y Lorena, y, al fin del horizonte, las de la Champaña, aquella inmensidad sin límites en la que se perdía la mirada, le producía como un desvanecimiento de entusiasmo. Parecía que tenía alas y que volaba por el espacio azul, como esos grandes pájaros que se arrojan desde la cima de los árboles a los abismos, mientras entonan el himno de su independencia. Todas las miserias de este bajo mundo, todas las injusticias y sufrimientos se olvidaban. Luisa recordaba su niñez, cuando iba sobre la espalda de su madre, la pobre vagabunda, y se decía: «¡Nunca he sido más dichosa, nunca he tenido menos cuidados, nunca he reído ni cantado tanto! A menudo el pan nos faltaba; pero ¡qué días tan felices!» Y acudían a su memoria trozos de antiguas canciones de aquel tiempo.
Al acercarse a la peña rojiza, en la que se hallaban gruesos cantos blancos y negros incrustados, y que se inclinaba hacia el precipicio como la bóveda de una inmensa catedral, Luisa y Catalina se detuvieron extasiadas. En lo alto, el cielo les parecía más profundo, y el sendero, que formaba una espiral alrededor de la peña, parecía más estrecho. Los valles que se perdían de vista, los bosques inmensos, los estanques lejanos de la Lorena, la cinta azul del Rin a la derecha, todo aquel gran espectáculo las maravillaba, y la labradora dijo con profundo recogimiento:
—Juan Claudio: aquel que ha levantado esta peña hasta el cielo, que ha abierto esos valles, que ha sembrado esos montes de brezos y musgos, ése puede hacernos la justicia que merezcamos.
Cuando hubieron llegado a la primera meseta del peñón, Marcos llevó su caballo a una caverna que allí cerca se aparecía, volvió en seguida solo, y comenzando a trepar delante de todos, dijo: