—Mucho cuidado, porque es fácil resbalar.

Al mismo tiempo les mostraba a la derecha el precipicio azulado, con las copas de los abetos al fondo. Siguieron marchando en silencio los expedicionarios hasta llegar a la terraza, donde comenzaba la bóveda, y allí respiraron libremente. En medio del paisaje vieron a los contrabandistas Brenn, Pfeifer y Toubac, con sus amplias capas grises y sus sombreros de fieltro negro, sentados alrededor de una hoguera que se extendía a lo largo de la peña. Marcos Divès les dijo:

—¡Aquí estamos! Los kaiserlicks son los amos... Han matado a Zimmer esta noche... Hexe-Baizel, ¿está arriba?

—Sí—respondió Brenn—; está haciendo cartuchos.

—Todavía pueden servir—dijo Marcos—. Tened mucho cuidado, y si alguno sube, hacedle fuego.

Los Materne se habían detenido al borde de la peña; aquellos tres fuertes hombres rojos, con el sombrero levantado, el cuerno de pólvora al costado, la carabina al hombro, las piernas enjutas y musculosas, firmemente erguidos al extremo de la peña, ofrecían un extraño aspecto sobre el fondo azulado del abismo. El anciano Materne, con la mano extendida, señalaba a lo lejos, muy a lo lejos, un punto blanco, casi imperceptible, en medio del pinar, diciendo:

—¿Reconocéis aquello, hijos míos?

Los tres miraron con los ojos medio cerrados.

—Es nuestra casa—respondió Kasper.

—¡Pobre Margredel!—continuó el anciano cazador, tras una pausa—; debe estar inquieta desde hace ocho días; seguramente rogará por nosotros a Santa Odilia.