En aquel momento, Marcos Divès, que marchaba delante, lanzó un grito de sorpresa.
—¡Señora Lefèvre!—dijo deteniéndose—, los cosacos han incendiado su casa.
Catalina recibió la noticia con la mayor tranquilidad y adelantose hasta el borde de la explanada; Luisa y Juan Claudio la siguieron. En el fondo del abismo se extendía una gran nube blanca; a través de aquella nube se veía una lucecilla agitarse sobre la ladera de «El Encinar» y no se veía más; pero cuando a veces soplaba el viento, el incendio aparecía: los dos altos mojinetes, negros: el granero, incendiado; los establos pequeños, ardiendo; luego, todo desaparecía otra vez.
—Ya ha ardido casi por completo—dijo Hullin en voz baja.
—Sí—respondió la labradora—; he ahí cuarenta años de trabajos y fatigas que se convierten en humo; pero es igual, no pueden quemar mis buenas tierras, el gran prado de Eichmath. Empezaremos a trabajar de nuevo. Gaspar y Luisa reharán todo esto. Por mi parte, no me arrepiento de nada.
Al cabo de un cuarto de hora se elevaron millares de chispas y el edificio se hundió. Sólo quedaron en pie los negros mojinetes. Volvió la comitiva a ponerse en marcha y continuó la ascensión por el sendero. En el momento de llegar a la explanada superior, oyose la voz agria de Hexe-Baizel que gritaba:
—¿Eres tú, Catalina? ¡Ah! ¡Nunca hubiera creído que vendrías a verme a mi pobre tugurio!
Baizel y Catalina habían ido juntas a la escuela y se tuteaban.
—Ni yo tampoco—contestó la labradora—; ¡pero qué más da, Baizel! En la desgracia sirve de consuelo volver a ver a una antigua compañera de la infancia.
Baizel parecía conmovida, y dijo: