—Cuanto hay aquí, Catalina, tuyo es...
Y mostraba a la anciana su pobre taburete, su escoba de retamas verdes y los cinco o seis leños del hogar. Catalina contempló aquello durante breves momentos, y dijo:
—No es esto muy grande, pero es sólido; seguramente, tu casa no arderá.
—No, no la quemarán—dijo Hexe-Baizel riendo—; necesitarían todos los bosques del condado de Dabo para calentarla un poco. ¡Je, je, je!
Los guerrilleros, después de tantas fatigas, sentían necesidad de reposo; apoyó, pues, cada cual su fusil en la pared, y uno a uno fueron tendiéndose en el suelo. Marcos Divès les abrió la segunda caverna, donde encontraron, al menos, un poco de abrigo; luego salió con Hullin para examinar la posición.
XXIII
Sobre el peñón del Falkenstein, en la cumbre de la montaña, se levanta una torre redonda, socavada por su base. Esta torre, cubierta de zarzas, espinos silvestres y mirtos, es tan antigua como la sierra; ni los franceses, ni los alemanes, ni los suecos la han destruido. La piedra y el cemento se han adherido con tal solidez, que no se puede arrancar el más pequeño fragmento de ella. La torre presenta un aspecto sombrío y misterioso, y evoca lejanas épocas que la memoria del hombre no logra alcanzar. En tiempo del paso de los gansos silvestres, Marcos Divès se apostaba de ordinario allí, cuando no tenía otra cosa que hacer; y algunas veces, a la caída de la tarde, en el momento en que las bandadas llegaban hendiendo la bruma y describiendo un amplio círculo antes de posarse, el contrabandista mataba dos o tres de aquellas aves, lo cual alegraba mucho a Hexe-Baizel, que siempre se hallaba dispuesta a llevarlas al asador. Otras veces, en otoño, Marcos tendía unas redes sobre la maleza, en las que cogía los zorzales que acudían al engaño; por último, la torre le servía también de leñera. ¡Cuántas veces Hexe-Baizel, cuando el viento norte soplaba con tal rigor que parecía arrancar la piel a los bueyes, y cuando el ruido, el crujir de las ramas y el lamento agudo de los bosques de alrededor subían a las alturas como el clamor del mar embravecido, cuántas veces Hexe-Baizel había estado a punto de ser arrebatada por el huracán hasta la montaña de Kilberi, que se halla enfrente! Pero la vieja se agarraba con ambas manos a la maleza, y el viento no conseguía mas que agitar sus cabellos rojos.
Habiendo observado Divès que la leña que allí almacenaba, al cubrirse de nieve y mojarse por la lluvia, daba más humo que llamas, techó la torre con un cobertizo de tablas. Con este motivo el contrabandista contaba una peregrina historia; afirmaba haber descubierto al poner las vigas, en el fondo de una hendedura, una lechuza blanca como la nieve, ciega y escuálida, copiosamente abastecida de musarañas y murciélagos. Por esto, Marcos la había denominado la abuela de la comarca, suponiendo que todos los pájaros se preocupaban de alimentarla, a causa de su mucha edad.
Al terminar aquel día, los guerrilleros, que observaban lo que sucedía, como los inquilinos de una casa de muchos pisos, desde las diferentes quebraduras de la peña, vieron aparecer los uniformes blancos en los desfiladeros de alrededor. Avanzaban en masas compactas por todas partes al mismo tiempo, lo que revelaba claramente su intención de bloquear el Falkenstein. Viendo lo cual, Marcos Divès quedose pensativo. «Si nos rodean—pensaba—no podremos procurarnos víveres, y será preciso rendirse o morir de hambre.»
Veíase perfectamente al estado mayor enemigo parado, a caballo, alrededor de la fuente de la aldea de Charmes. Divisábase a uno de los jefes, hombre corpulento y de amplio abdomen, que contemplaba la peña con un anteojo; detrás de él estaba Yégof, hacia quien se volvía de vez en cuando para interrogarle. Las mujeres y los niños de la aldea rodeaban a cierta distancia al enemigo, ante el que se extasiaban, y cinco o seis cosacos hacían caracolear a sus caballos. El contrabandista no pudo reprimir su inquietud y llamó aparte a Hullin.