—Mira—le dijo—esa fila de chacós que se desliza a lo largo del Sarre y, por este lado, los que suben por el valle saltando como liebres: son kaiserlicks, ¿no es verdad? ¿Y qué crees que van a hacer, Juan Claudio?
—Van a rodear la montaña.
—Eso está bien claro. ¿Y cuánta gente habrá ahí?
—Tres o cuatro mil hombres.
—Sin contar los que anden por esos campos. Entonces, ¿qué quieres que haga Piorette, con sus trescientos hombres, frente a tal muchedumbre de bandidos? Te lo pregunto con toda franqueza, Hullin.
—No podrá hacer nada—respondió el anciano con sencillez—. Los alemanes saben que nuestras municiones están en el Falkenstein; temen un levantamiento general cuando hayan invadido la Lorena y quieren asegurar su retaguardia. El general enemigo se ha dado cuenta de que no nos puede vencer a viva fuerza y trata de rendirnos por hambre. Todo esto, Marcos, es seguro; pero nosotros somos hombres y cumpliremos nuestro deber: aquí moriremos.
Hubo un instante de silencio; Marcos Divès frunció el ceño y no parecía muy convencido.
—¡Morir nosotros!—exclamó rascándose la cabeza—; no comprendo por qué debemos morir; esto no entra en mis planes; además, hay mucha gente que se alegraría...
—¿Qué quieres hacer?—dijo Hullin con sequedad—. ¿Quieres rendirte?
—¡Rendirme!—exclamó el contrabandista—. ¿Me tienes por un cobarde?