—Entonces, explícate.

—Esta noche salgo para Falsburgo. Arriesgo el pellejo al atravesar las líneas enemigas, pero prefiero eso a cruzarme de brazos aquí y perecer de hambre. Entraré en la plaza a la primera salida o trataré de ganar una poterna. El comandante Meunier me conoce porque le vendo tabaco hace tres años. Ha hecho, como tú, las campañas de Italia y de Egipto. Le expondré la situación. Veré a Gaspar Lefèvre. Haré cuanto sea preciso para que nos den quién sabe si una compañía. Con el uniforme nada más, estamos salvados, Juan Claudio; la gente útil que quede se unirá a Piorette y, en cualquier caso, puede venir en nuestro socorro. En fin, esta es mi idea. ¿Qué te parece?

Divès miró atentamente a Hullin, cuya vista fija y sombría le inquietaba.

—Dime, ¿no crees que esto puede ser una solución?

—Es una idea—dijo por último Juan Claudio—. No me opongo a ella.

Y mirando a su vez al contrabandista frente a frente, le preguntó:

—¿Me juras hacer todo lo posible por entrar en la plaza?

—Yo no juro nada—respondió Marcos, cuyas tostadas mejillas adquirieron súbitamente un pronunciado color rojizo—. Dejo aquí cuanto tengo: mis bienes, mi mujer, mis compañeros, Catalina Lefèvre y tú, mi más antiguo amigo. Si no vuelvo, seré un traidor; pero si vuelvo, Juan Claudio, me explicarás lo que acabas de decirme, y arreglaremos esa cuentecita entre los dos.

—Marcos—dijo Hullin—, perdóname; he dicho mal; ¡he sufrido tanto en estos días!; la desgracia me hace desconfiar; dame la mano... ¡Anda, ve, sálvanos, salva a Catalina, salva a mi hija! Desde ahora te lo digo: no tenemos más recurso que tú.

La voz de Hullin temblaba. Divès aceptó aquellas explicaciones, pero añadió: