—¡Bien está, Juan Claudio! No has debido decirme eso en un momento semejante; en fin, no hablemos más del asunto... Perderé la vida en el camino, o vendré a libertaros. Cuando llegue la noche partiré. Los kaiserlicks rodean ya la montaña; pero no importa, tengo un buen caballo, y además ya sabes que siempre he tenido suerte.
A las seis, las últimas cimas de la montaña quedaban sumergidas en las tinieblas. Centenares de hogueras brillaban en lo hondo de los desfiladeros, indicando que los alemanes preparaban la comida. Marcos Divès descendió por la hendedura a tientas. Hullin oyó durante algunos segundos los pasos de su camarada, y luego, muy pensativo, se dirigió hacia la vieja torre, en la que se había establecido el cuartel general. Levantó el pesado cobertor de lana que tapaba el nido de búhos y vio a Catalina, a Luisa y a los demás sentados alrededor de una pequeña hoguera, que iluminaba las grises paredes. La anciana, sentada en un tronco de encina, con las manos cruzadas sobre las rodillas, miraba a la llama fijamente, con los labios contraídos y el color quebrado. Luisa, recostada sobre la pared, parecía que soñaba. Jerónimo, en pie detrás de Catalina, con las manos cruzadas sobre un garrote, casi tocaba el carcomido techo con su gorro de piel de nutria. Todos estaban tristes y desanimados. Hexe-Baizel, que levantaba de vez en cuando la tapadera de una olla, y el doctor Lorquin, que rascaba la cal de la pared con la punta de su sable, eran los únicos que conservaban su aspecto habitual.
—Parece—dijo el doctor—que hemos vuelto al tiempo de los triboques. Estas paredes tienen más de mil años. ¡Y ha debido correr una buena cantidad de agua desde las alturas del Falkenstein y del Grosmann al Sarre y al Rin desde que no se ha encendido fuego en esta torre!
—Sí—respondió Catalina como saliendo de un sueño—. ¡Cuántas gentes habrán sufrido aquí frío, hambre y miseria! ¿Y quién lo ha sabido? Nadie. Puede ser que, pasados cien, doscientos, trescientos años, vengan otros también a refugiarse a este mismo lugar. Como nosotros, encontrarán la pared fría y la tierra húmeda; harán fuego, mirarán como ahora miramos y dirán como decimos: «¿Quién habrá sufrido antes que nosotros aquí? ¿Por qué habrán padecido? ¿Estarían acaso perseguidos, expulsados, como nosotros, y vinieron a ocultarse en este miserable agujero?» Entonces pensarán en los tiempos pasados... y nadie podrá contestarles.
Juan Claudio se había aproximado. Al cabo de algunos segundos, la anciana, levantando la cabeza, comenzó a decir, mientras le miraba:
—¡Qué! Estamos bloqueados; el enemigo quiere rendirnos por hambre.
—Es verdad, Catalina—contestó Juan Claudio—. Yo no esperaba esto; contaba con un ataque a viva fuerza; pero los kaiserlicks no saben lo que puede suceder. Divès acaba de partir para Falsburgo, conoce al comandante de la plaza..., y si envía solamente varios centenares de hombres en nuestro socorro...
—No hay que contar con eso—interrumpió la anciana—; Marcos puede ser cogido o muerto por los alemanes; y aunque supongamos que consiga atravesar las líneas enemigas, ¿cómo podrá entrar en Falsburgo?
Todos permanecieron silenciosos.
Hexe-Baizel no tardó en traer la sopa, y los sitiados hicieron círculo alrededor de la cazuela humeante.