—No; se apoyan unos en otros, y al primer disparo tendríamos un regimiento a la espalda—contestó Brenn—. Pero supongamos que se puede pasar. ¿Cómo volvemos con los víveres? Es imposible; esa es mi opinión.

—Sin embargo—dijo Toubac—; si Hullin quiere, lo intentaremos a pesar de todo.

—¿Qué es lo que vamos a intentar?—dijo Brenn—. ¿Exponernos a que nos rompan un hueso al escapar y dejar a los demás metidos en la ratonera? Por mi parte, lo mismo me da, y si alguien va, yo voy también. Pero si se creen que hemos de volver con víveres, sostengo que es imposible. Veamos, Toubac; ¿por dónde quieres pasar y por dónde quieres volver? No se trata ahora de proyectos, sino de realidades. Si sabes de algún paso, dímelo. Hace veinte años que recorro de una punta a otra la sierra, con Marcos, y conozco todos los caminos y senderos en diez leguas a la redonda; no veo más camino que el del cielo.

Hullin se volvió en aquel momento y vio a la señora Lefèvre, que se hallaba a algunos pasos, prestando atención a lo que decían.

—¿Es usted, Catalina? Nuestros asuntos toman mal aspecto—dijo Juan Claudio.

—Sí; ya he oído; no hay manera de renovar las provisiones.

—¡Las provisiones!—dijo Brenn con sonrisa extraña—. ¿Sabe usted, señora Lefèvre, para cuánto tiempo tenemos víveres?

—Para más de quince días—contestó la buena mujer.

—¡Para ocho días!—exclamó el contrabandista, vaciando de cenizas la pipa golpeándola contra la uña.

—Esa es la verdad—dijo Hullin—. Marcos Divès y yo creíamos que el enemigo atacaría el Falkenstein; pero nunca pudimos pensar que lo bloquearía como una plaza fuerte. ¡Nos hemos equivocado!