—¿Y qué vamos a hacer?—preguntó Catalina palideciendo intensamente.

—Vamos a reducir la ración de cada uno a la mitad. Si, en quince días, Marcos no vuelve y no nos queda nada..., entonces veremos.

Dicho lo cual, Hullin, Catalina y los contrabandistas, muy cabizbajos, tomaron el camino de la brecha. Apenas habían comenzado a bajar por la pendiente cuando, a unos treinta pasos más abajo de donde se encontraban, vieron aparecer a Materne, que trepaba por las ruinas casi ahogándose, agarrándose a la maleza para marchar más de prisa.

—¡Qué!—le gritó Juan Claudio—; ¿qué pasa, amigo mío?

—Iba a buscarte; un oficial enemigo avanza hacia el muro del antiguo burg con una banderita blanca; parece que quiere hablarnos.

Hullin, dirigiéndose en seguida hacia la pendiente de la peña, vio, en efecto, a un oficial alemán de pie sobre el muro y que parecía esperar que se le hiciera señal de subir. Se hallaba a dos tiros de carabina, y más lejos se veía a cinco o seis soldados con las armas en el suelo. Después de haber observado aquel grupo Juan Claudio volviose y dijo:

—Es un parlamentario que, sin duda, viene a intimarnos la rendición.

—¡Que se le haga fuego!—exclamó Catalina—. Eso es lo mejor que podemos contestarle.

Todos parecían de la misma opinión, excepto Hullin, que, sin hacer ninguna observación, bajó a la terraza, donde se encontraban los demás guerrilleros.

—Hijos míos—dijo—, el enemigo nos envía un parlamentario. No sabemos lo que quiere, aunque supongo que será una intimación para deponer las armas; pero también puede ser otra cosa. Frantz y Kasper irán a su encuentro, le vendarán los ojos al pie de la peña y le conducirán aquí.