Nadie hizo observación alguna, y los hijos de Materne, cruzándose la carabina en bandolera, se alejaron bajo la bóveda en espiral. Al cabo de diez minutos los cazadores llegaron adonde el oficial estaba, hablaron con él breves momentos, y los tres empezaron a subir al Falkenstein. A medida que ascendía el pequeño destacamento, mejor se distinguía el uniforme del parlamentario y hasta su fisonomía: era un hombre delgado, de cabellos rubios, cenicientos, bien proporcionado y de movimientos resueltos. Al pie de la peña, Frantz y Kasper le vendaron los ojos, y no tardaron en oírse sus pisadas, que resonaban bajo la bóveda. Juan Claudio se adelantó a su encuentro, y desatándole con sus propias manos el pañuelo, le dijo:
—Si desea usted comunicarme algo, señor, ya le escucho.
Los guerrilleros estaban a quince pasos del grupo que los recién llegados y Juan Claudio formaban. Catalina Lefèvre, que se hallaba más cerca, escuchaba con las cejas fruncidas; su cara huesuda, su nariz aguileña, los tres o cuatro rizos de cabellos grises que caían al azar sobre sus sienes descarnadas y sobre los pómulos de sus hundidas mejillas, la contracción de sus labios y la fijeza de su mirada, llamaron en primer término la atención del oficial; luego éste descubrió el rostro pálido y dulce de Luisa, detrás de la anciana; más allá, a Jerónimo, con su barba rojiza, cubierto con una túnica de estameña; al anciano Materne, apoyado en su carabina, y más lejos a todos los demás; por último, la elevada bóveda de piedra roja, cuyas masas ingentes, formadas de sílex y de granito, avanzaban por encima del precipicio con algunas zarzas marchitas en las hendeduras, servía de fondo. Detrás de Materne, Hexe-Baizel, con un largo escobón de retamas verdes en la mano, la cabeza erguida y vuelta de espaldas al borde de la peña, pareció llamar un momento la atención del oficial.
A su vez, él era objeto de una curiosidad singular. Se veía en su actitud, en su rostro alargado, fino y moreno, en sus ojos de color gris claro, en su bigote poco poblado, en la delicadeza de sus miembros endurecidos por la guerra, que procedía de una raza aristocrática; tenía algo de hombre de campo y algo de hombre de mundo; era una mezcla de militar burdo y de diplomático.
Aquella inspección recíproca se terminó en un abrir y cerrar de ojos, y el parlamentario dijo en buen francés:
—¿Es al comandante Hullin a quien tengo el honor de dirigirme?
—Sí, señor—contestó Juan Claudio.
Y como el parlamentario dirigiese una mirada indecisa alrededor del círculo, Hullin exclamó:
—¡Señor, hable usted alto para que todo el mundo le oiga! Cuando se trata del honor y de la patria nadie sobra en Francia, y las mujeres pueden intervenir lo mismo que los hombres. ¿Tiene usted que hacerme alguna proposición? ¿De parte de quién?
—Del general comandante en jefe. Mi misión es la siguiente...