—Veamos. Ya le oímos—interrumpió Hullin.

Entonces el oficial, levantando la voz, dijo en tono firme:

—Ante todo, permítame, señor comandante, decirle que usted ha cumplido magníficamente con su deber y que por ello ha conquistado la estimación de sus enemigos.

—En materia de deberes—contestó Hullin—, no puede haber más ni menos. Hemos hecho lo que hemos podido.

—Sí—añadió Catalina con sequedad—, y puesto que el enemigo nos estima por eso, dentro de diez o quince días tendrá ocasión de estimarnos más aún, porque no hemos llegado al fin de la guerra, y ha de ver cosas mejores.

El oficial volvió la cabeza y quedose estupefacto al observar la feroz energía impresa en la mirada de la anciana.

—Esos son sentimientos muy nobles—replicó el oficial después de un instante de silencio—; pero la humanidad tiene sus derechos, y derramar sangre inútilmente es hacer el mal por el mal.

—Entonces, ¿por qué venís a nuestro país?—gritó Catalina con voz aguda—. Marchaos y os dejaremos tranquilos.

Después añadió:

—Hacéis la guerra como los bandidos: robando, saqueando y quemando. Merecéis ser ahorcados todos, y para que sirviera de ejemplo, ahora deberíamos arrojar a usted desde lo alto de esta peña.