El oficial palideció, porque creyó capaz a la vieja de ejecutar la amenaza; sin embargo, al instante se repuso, y replicó con tranquilidad:

—Sé que los cosacos han prendido fuego a la finca que se ve frente a esta peña. Esos son bandidos que siempre siguen a todos los ejércitos; pero un acto aislado no prueba nada contra la disciplina de nuestras tropas. Los soldados franceses han hecho cosas semejantes en Alemania, y particularmente en el Tirol: no contentos con saquear e incendiar las aldeas, fusilaban cruelmente a los campesinos sospechosos de haber tomado las armas para defender el país. Nosotros podríamos usar represalias, y estaríamos en nuestro derecho; pero no somos bárbaros, comprendemos cuánto el patriotismo tiene de noble y de grande, aun en sus extravíos más lamentables. Por otra parte, no hacemos la guerra al pueblo francés, sino al emperador Napoleón. Así, el general, al saber la conducta de los cosacos, ha castigado públicamente ese acto de vandalismo, y, además, ha acordado indemnizar al propietario de la finca.

—¡No quiero nada de vosotros!—interrumpió Catalina bruscamente—; prefiero sufrir la injusticia... y vengarme.

El parlamentario comprendió, por el tono de voz de la anciana, que no podría hacerla entrar en razón y que sería peligroso siquiera contestarle. Volviose, pues, a Hullin y continuó:

—Estoy encargado, señor comandante, de ofrecerle honores de guerra si consiente en rendir la posición. Carecen ustedes de víveres, y nosotros lo sabemos. Dentro de pocos días se verán obligados a deponer las armas. La estimación que le profesa el general en jefe es lo único que le ha movido a ofrecer a usted condiciones tan honrosas. Una larga resistencia no conduciría a nada. Somos dueños del Donon, y nuestro cuerpo de ejército ha entrado en Lorena. La campaña no ha de decidirse aquí y no tiene interés para ustedes defender un punto inútil. Queremos ahorrarles los horrores del hambre. Y ahora, señor comandante, a usted corresponde decidir.

Hullin se volvió hacia los guerrilleros y les dijo sencillamente:

—¿Habéis oído? Por mi parte, rehúso; pero me someteré si todos aceptan las proposiciones del enemigo.

—¡Las rechazamos todos!—dijo Jerónimo.

—Sí, sí, todos—repitieron los demás.

Catalina Lefèvre, hasta entonces inflexible, pareció enternecerse al dirigir una mirada a Luisa. Cogió la anciana a ésta por un brazo, y volviéndose hacia el parlamentario, le dijo: