—Tenemos una niña con nosotros; ¿no habría un medio de enviarla a casa de alguno de nuestros parientes de Saverne?
Apenas Luisa oyó tales palabras se precipitó en brazos de Hullin, poseída de un gran terror, exclamando:
—No, no. Quiero permanecer con vosotros, papá Juan Claudio; quiero morir con vosotros.
—Está bien, caballero—dijo Hullin intensamente pálido—; dígale a su general lo que acaba de ver; dígale que el Falkenstein será nuestro hasta la muerte. Kasper, Frantz: conducid al parlamentario a sus líneas.
El oficial parecía dudar; pero al tratar de abrir la boca para hacer una observación, Catalina, pálida de cólera, exclamó:
—¡Fuera, fuera de aquí! Lo que vosotros pensáis está lejos aún de suceder. Ese bandido de Yégof os ha dicho que carecíamos de víveres, pero es falso; tenemos para dos meses, y en dos meses nuestro ejército os habrá exterminado a todos. A los traidores les vuelve la espalda la fortuna. ¡Desgraciados de vosotros!
Y como la anciana iba excitándose cada vez más, el parlamentario juzgó prudente marcharse. Volviose, pues, hacia los guías, que le pusieron el pañuelo en los ojos y le condujeron al pie del Falkenstein.
Lo que Hullin había ordenado a propósito de los víveres fue ejecutado desde aquel mismo día, y cada cual recibió media ración para la jornada.
Colocose un centinela delante de la caverna de Hexe-Baizel, donde se guardaban las provisiones; se hizo una barricada ante la puerta, y Juan Claudio ordenó que los repartos se hicieran en presencia de todos, con el fin de impedir las injusticias; pero semejantes precauciones no habían de preservar a aquellos desgraciados del hambre más horrible.