Tal era el aspecto que ofrecían aquellos desgraciados bajo la inmensa bóveda de los cielos.
El suplicio del hambre en el fondo de un calabozo es horrible, sin duda alguna; pero al aire libre, bajo un cielo lleno de luz, a la vista de todo el mundo, en presencia de los recursos de la Naturaleza, eso excede a toda ponderación.
Al acabar aquel día, entre cuatro y cinco de la tarde, el cielo se encapotó; grandes nubes negras se elevaron por detrás de la cumbre del Grosmann; el Sol, rojo como una bala al salir de la fragua, lanzaba sus últimos rayos desde el horizonte cargado de brumas. El silencio en todo el ámbito de la peña era profundo. Luisa no daba señal alguna de vida; Kasper y Frantz conservaban una inmovilidad de piedra entre la maleza. Catalina Lefèvre, sentada en el suelo, con las agudas rodillas entre los brazos descarnados, las facciones rígidas y duras, los cabellos sueltos, que caían sobre sus verdosas mejillas, la vista huraña y el mentón apretado como un tornillo de carpintero, parecía una vieja sibila, sentada en medio de los brezos. Catalina había enmudecido. Hullin, Jerónimo, el anciano Materne y el doctor Lorquin se habían sentado alrededor de la labradora para morir juntos. Todos permanecían silenciosos, y los últimos rayos del crepúsculo iluminaban el grupo sombrío. A la derecha, detrás de una prominencia de la peña, se veían brillar, en el fondo del abismo, algunas hogueras de los alemanes. En tal situación, la labradora, saliendo del estupor en que se hallaba, murmuró de repente algunas palabras ininteligibles. Luego añadió en voz baja:
—¡Divès llega!... Le veo... Sale por la poterna que está a la derecha del arsenal... Gaspar le sigue y...
Catalina comenzó a hablar lentamente:
—¡Doscientos cuarenta hombres!—añadió—. Son guardias nacionales y soldados... Ya cruzan el foso... Ahora suben por detrás de la media luna... Gaspar habla con Marcos... ¿Qué le dice?
La anciana parecía que escuchaba.
—«¿Vamos pronto?» Sí, venid pronto... El tiempo vuela... ¡Ya están en la explanada!
Hubo un largo silencio; luego, de improviso, la anciana, poniéndose en pie completamente, con los brazos en alto, los cabellos erizados y la boca muy abierta, aulló de un modo terrible:
—¡Valor! ¡Sí, matad, matad!; ¡ah!, ¡ah!