Y cayó pesadamente al suelo.

Aquel espantoso grito despertó a toda la gente; los mismos muertos se hubieran despertado si lo oyeran. Los sitiados dijérase que renacían. Algo extraño había en el ambiente. ¿Era la esperanza, la vida, el espíritu? No sé; pero todos llegaban a cuatro pies, como los animales, conteniendo la respiración para mejor oír. Luisa también se movía lentamente y levantaba la cabeza. Frantz y Kasper se acercaron andando de rodillas, y, ¡cosa singular!, Hullin, hundiendo la mirada en las tinieblas del lado de Falsburgo, creyó ver el chisporroteo de unos disparos, como si se tratara de hacer una salida de la plaza.

Catalina había vuelto a tomar su primera actitud; pero sus mejillas, que un momento antes estaban inertes como una máscara de yeso, se estremecían convulsivamente, y su mirada parecía cubrirse con el velo del ensueño. Todos prestaban gran atención; hubiérase dicho que sus vidas pendían de los labios de la anciana. Así transcurrió un cuarto de hora, al cabo del cual la labradora prosiguió:

—Han atravesado las líneas enemigas... Corren hacia Lutzelburgo... Los veo... Gaspar y Divès van delante con Desmarets, Ulrich, Weber y los amigos de la ciudad... ¡Ya llegan, ya llegan!...

Y calló nuevamente; durante largo tiempo los guerrilleros permanecieron escuchando; pero la visión había pasado. Los segundos se sucedían unos a otros con la lentitud de los siglos, cuando de repente Hexe-Baizel comenzó a decir con agria voz:

—¡Está loca! No he visto nada... Yo conozco a Marcos y sé que se burla de nosotros. ¿Qué le importa a él que perezcamos aquí? ¡Con tal de que no le falte su botella de vino, sus embuchados y que pueda fumarse una pipa tranquilamente junto al fuego, lo demás le tiene sin cuidado! ¡Ah, bandido!

Todo volvió a sumirse en el silencio, y los guerrilleros, reanimados un instante con la esperanza de una salvación próxima, cayeron de nuevo en la desesperación.

—Ha sido un sueño—pensaban los desgraciados—. Hexe-Baizel tiene razón; estamos condenados a morir de hambre.

Mientras se sucedían estos hechos, iba la noche acercándose. Cuando la Luna salió tras los altos abetos alumbrando los tristes grupos de sitiados, Hullin era el único que velaba, presa de los ardores de la fiebre. A lo lejos, muy a lo lejos, en los desfiladeros, oía la voz de los centinelas alemanes que gritaban: Wer da!, Wer da!, o bien percibía el rumor de las rondas del vivaque al atravesar los bosques, o el agudo relincho de los caballos atados que pateaban el suelo y los gritos de sus guardianes. Hacia la media noche, el valiente guerrillero concluyó por dormirse como los demás. Cuando se despertó, el reloj de la aldea de Charmes daba las cuatro. Hullin, al oír aquellas lejanas vibraciones, salió de su amodorramiento; abrió los ojos, y como mirase sin conciencia de lo que hacía, tratando de evocar sus recuerdos, el vago resplandor de una antorcha pasó ante su vista; el guerrillero sintió miedo y se dijo:

—¿Me habré vuelto loco? La noche está obscurísima, y, sin embargo, veo luces...