Volvió a aparecer la llama. Hullin la miró mejor y se levantó bruscamente, apoyando la mano, durante algunos segundos, en su contraída faz. Por último, dirigió al azar una mirada y vio distintamente una hoguera en la cumbre del Giromani, al otro lado del Blanru, una hoguera que barría el cielo con su ala púrpura y retorcía la sombra de los abetos proyectada en la nieve. Y recordando que aquella señal era la convenida entre él y Piorette para anunciar un ataque, comenzó a temblar de pies a cabeza, su rostro cubriose de sudor y, marchando en la obscuridad a tientas, como un ciego, con los brazos extendidos, balbuceó:
—¡Catalina!... ¡Luisa!... ¡Jerónimo!
Pero nadie le respondió, y después de manotear en el vacío, creyendo que andaba, cuando en realidad no daba un paso, el desdichado guerrillero cayó al suelo, exclamando:
—¡Hijos míos!... ¡Catalina!... ¡Ya vienen!... ¡Nos hemos salvado!...
En el mismo momento oyose un vago rumor; parecía que los muertos resucitaban; luego resonó una carcajada seca: era Hexe-Baizel, que se había vuelto loca de sufrimiento.
Más tarde, Catalina exclamó:
—Hullin... Hullin... ¿Quién ha hablado?
Juan Claudio, repuesto de la emoción, dijo con acento firme:
—Jerónimo, Catalina, Materne y vosotros todos, ¿estáis muertos? ¿No veis aquella hoguera, más allá del Blanru? Es Piorette, que viene a socorrernos.
Y en el mismo instante una profunda detonación repercutió en los desfiladeros del Jaegerthal, como ruido de tormenta. La trompeta del juicio final no hubiera producido mayor efecto entre los sitiados, que despertaron repentinamente.