—¡Es Piorette! ¡Es Marcos!—gritaban voces cascadas y secas, voces de esqueletos—. ¡Vienen a socorrernos!
Todos trataban de incorporarse; algunos sollozaban, pero de sus ojos habían huido las lágrimas. Una segunda detonación les puso en pie.
—¡Son descargas cerradas!—exclamó Hullin—; los nuestros hacen también fuego por descargas; ¡tenemos tropas de línea! ¡Viva Francia!
—Sí—contestó Jerónimo—; la señora Lefèvre tenía razón; los de Falsburgo acuden a socorrernos; ya bajan por las colinas del Sarre, y, mientras tanto, Piorette ataca por el lado del Blanru.
En efecto; el tiroteo empezaba por ambos lados a la vez, hacia la meseta de «El Encinar» y las alturas de Kilberi.
Entonces los dos jefes se abrazaron, y cuando marchaban a tientas en medio de la profunda noche tratando de llegar al borde de la peña, oyose la voz de Materne que les gritaba:
—¡Tened cuidado, que ahí está el precipicio!
Detuviéronse, mirando a sus pies, pero no vieron nada. Una corriente de aire frío, que subía del abismo, era lo único que les reveló el peligro. Las cumbres y desfiladeros de los alrededores estaban envueltos en tinieblas. A ambos lados de la ladera de enfrente, el resplandor de los disparos pasaba como la luz del relámpago, iluminando ya una vieja encina, ya el negro perfil de una peña, ya un pequeño matorral, y los grupos de hombres que iban y venían como en medio de un incendio. Se oía a dos mil pies más abajo, en las profundidades del desfiladero, sordos rumores, galope de caballos, clamores y voces de mando. De vez en cuando, el grito del serrano que llama, ese grito prolongado que va de una cumbre a otra, «¡Eh!, ¡oh!, ¡eh!», se elevaba hasta el Falkenstein como un suspiro.
—Es Marcos—decía Hullin—; es la voz de Marcos.
—Sí, es Marcos, que nos recomienda que tengamos valor—añadía Jerónimo.