—Y ahora, ¿en qué estamos, mi sargento?
—Estamos en que ha sido preciso repasar el Rin, y que todas nuestras plazas fuertes del otro lado se hallan bloqueadas. El 10 de noviembre pasado el príncipe de Neufchatel pasó revista al regimiento en Bleckheim; el tercer batallón ha disuelto sus efectivos en el segundo, y el cuadro recibió la orden de estar preparado para marchar al depósito. Cuadros no faltan; lo que faltan son hombres. Hace más de veinte años que se nos sangra por los cuatro costados; por consiguiente, nada de extraño tiene... Europa entera avanza... El emperador está en París trazando el plan de campaña,... en el supuesto que nos dejen respirar hasta la primavera...
En aquel momento, Wittmann, que se hallaba de pie cerca de la ventana, comenzó a decir:
—Aquí llega el gobernador, que viene a inspeccionar las talas que se hacen alrededor del pueblo.
En efecto; el comandante Juan Pedro Meunier, llevando un gran sombrero de picos y la faja tricolor a la cintura, atravesaba la plaza.
—¡Ah!—dijo el sargento—, voy a pedirle que firme la hoja de ruta. Perdón, ciudadano; me veo obligado a dejarle.
—Como usted quiera, mi sargento, y gracias. Si vuelve usted a ver a Gaspar, dígale que le lleva un abrazo de Juan Claudio Hullin y que esperamos noticias suyas en la aldea.
—Bien..., bien..., no dejaré de hacerlo.
El sargento salió, y Hullin vació su jarro, muy pensativo.
—Señor Wittmann—dijo al cabo de un momento—, ¿y mi paquete?