—Está preparado, maestro Juan Claudio.
Después, volviéndose hacia la puerta de la cocina, gritó:
—¡Gredel!... ¡Gredel! Trae el paquete de Hullin.
Una mujercita apareció y dejó en la mesa un rollo de pieles de carnero. Juan Claudio metió el palo que llevaba en el tubo que aquéllas formaban y se lo puso al hombro.
—¿Cómo? ¿Se va usted en seguida?
—Sí, Wittmann; los días son cortos, y los caminos, a través de los bosques, difíciles después de las seis; tengo que llegar a buena hora.
—Entonces, buen viaje, maestro Juan Claudio.
Hullin salió y atravesó la plaza apartando la vista del convoy, que estaba aún parado a la puerta de la iglesia.
Y el posadero, detrás de la ventana, al verle alejarse a buen paso, se decía:
—¡Qué pálido estaba cuando entró! No podía sostenerse sobre las piernas. ¡Es raro! Un hombre rudo, un veterano que se asusta de tan poca cosa. Por mi parte, ya puedo ver pasar cincuenta regimientos tendidos sobre los carros y me preocuparía tanto de ellos como de mi primera pipa.