—¡Buenas noches, hijos míos!—dijo Juan Claudio—, ¡buenas noches!... Siempre ocupados...

—Gracias a Dios, sí, señor Hullin, como usted ve—respondió Juana riendo—. Si no se tuviese nada que hacer, la vida sería demasiado aburrida.

—Es verdad, hija mía, es verdad: sólo el trabajo suele producir esos frescos colores y esos ojos tan grandes y vivos.

Juana iba a contestar cuando la puerta de la sala se abrió, y adelantose Catalina Lefèvre, dirigiendo a Hullin una mirada profunda como para adivinar de antemano las noticias que traía.

—Y bien, Juan Claudio, ¿ya está usted de vuelta?

—Sí, Catalina. Hay de todo: bueno y malo.

Ambos penetraron en la sala, que era una habitación alta y bastante grande cubierta de maderas hasta el techo, con armarios de roble provistos de brillantes herrajes, con una estufa en forma de pirámide que comunicaba con la cocina, un reloj antiguo que contaba los segundos, dentro de una caja de nogal, y un gran sillón de cuero, articulado por una cremallera, que había sido usado por diez generaciones de ancianos. Juan Claudio no entraba nunca en aquella sala sin recordar al abuelo de Catalina, a quien le parecía ver aún con la cabeza blanca, sentado en la sombra, detrás del hogar.

—¿Qué hay?—preguntó la labradora ofreciendo un asiento al almadreñero, que acababa de dejar el rollo de pieles en la mesa.

—Pues de Gaspar, las noticias son buenas; el muchacho está bien, aunque ha sufrido muchas penalidades... ¡Tanto mejor! ¡Así se forma la juventud!... Pero en cuanto a lo demás, Catalina, los asuntos van mal: ¡la guerra, la guerra!...

Hullin sacudió la cabeza; Catalina, con los labios contraídos, se sentó frente a él, muy derecha en la silla, con los ojos fijos y atentos, y dijo: