—Entonces, Catalina, ¿usted es partidaria de la defensa?
—¡Sí, sí..., en tanto que me quede un soplo de vida! ¡Que vengan, que vengan! ¡La vieja de las viejas aquí les espera!
Sus largos cabellos grises se agitaron, sus pálidas y contraídas mejillas se estremecieron y sus ojos despedían relámpagos. En aquel momento Catalina parecía hermosa, hermosa como la anciana Margarita de la que había hablado Yégof. Hullin le tendió la mano en silencio, sonriendo de entusiasmo, y dijo:
—¡Perfectamente, perfectamente!... En la familia somos siempre lo mismo. No puede usted negar quién es, Catalina; ya está usted en marcha; pero tenga un poco de tranquilidad y óigame. Nosotros vamos a luchar; pero ¿con qué medios?
—Con todos; todos son buenos: las hachas, las hoces, los bieldos...
—Desde luego; pero los mejores son los fusiles y las balas. Fusiles tenemos, porque todo campesino guarda el suyo encima de la puerta; pero, desgraciadamente, nos hacen falta pólvora y balas.
La anciana labradora se había tranquilizado súbitamente, y mientras recogía sus cabellos debajo de la cofia miraba hacia adelante, como al azar, con aire pensativo.
—Sí—añadió Catalina bruscamente—, pólvora y balas hacen falta, es verdad; pero ya tendremos. Marcos Divès, el contrabandista, tiene en abundancia; mañana irá usted a verle de mi parte, y le dirá que Catalina Lefèvre compra toda la pólvora y todas las balas de que disponga; que ella paga; que venderá su ganado, su granja, sus tierras..., todo..., todo, para adquirirla; ¿comprende usted, Hullin?
—Sí, comprendido; es muy hermoso lo que usted hace, Catalina.
—¡Bah! Muy hermoso..., muy hermoso—replicó la anciana—; es muy sencillo: ¡quiero vengarme! Esos austriacos, esos prusianos, esos hombres rubios que nos han exterminado otras veces..., yo los odio..., yo los detesto de padres a hijos. ¡Eso es! Usted comprará la pólvora y ese loco miserable verá si nosotros vamos a reedificar sus castillos.