Hexe-Baizel se había vuelto rápidamente, como una comadreja sorprendida en acecho, sacudiendo la cabellera roja y lanzando chispas por los ojos; pero se tranquilizó en seguida y exclamó secamente, como si se hablara a sí misma:

—¡Hullin... el almadreñero! ¿Qué se le habrá perdido por aquí?

—Vengo a ver a mi amigo Marcos, señora Hexe-Baizel—respondió Juan Claudio—; tenemos que hablar de negocios.

—¿Qué negocios?

—¡Ah! Eso queda para nosotros. Vamos, déjeme usted pasar, pues quiero hablarle.

—Marcos está durmiendo.

—Pues hay que despertarle, porque el tiempo vuela.

Y diciendo esto, Hullin se inclinó para entrar por la puerta y penetró en una pequeña cueva, cuya bóveda, en vez de ser redonda, era de forma irregular, surcada de hendeduras. Cerca de la entrada, a dos pies del suelo, la roca formaba una especie de hogar natural, en el que ardían algunos carbones y ramas de enebro. Todos los utensilios de cocina de Hexe-Baizel consistían en una olla de metal, un puchero de barro rojo, dos platos desportillados y tres o cuatro tenedores de estaño; todo su mobiliario, en un asiento de madera, una hacheta para partir la leña, una caja con sal colgada de la piedra y la gran escoba de retamas verdes. A la izquierda de tal cocina se veía otra caverna con una puerta irregular, más ancha por arriba que por abajo, que se cerraba por medio de dos tablas y un travesaño.

—Y ¿dónde está Marcos?—dijo Hullin sentándose cerca del hogar.

—Ya le he dicho que está durmiendo; ayer vino muy tarde, y hay que dejarle dormir, ¿lo oye usted?