—Lo oigo muy bien, Hexe-Baizel, pero no tengo tiempo de esperar.
—Entonces, márchese.
—¡Márchese! ¡Eso se dice muy pronto!; pero es el caso que no quiero irme. No he hecho una legua de camino para volverme con las manos vacías.
—¿Eres tú, Hullin?—interrumpió bruscamente una voz saliendo de la cueva de al lado.
—Sí, Marcos.
—¡Ah! Ya voy.
Oyose un ruido como de paja removida, y luego la tapadera de madera se corrió: un cuerpo enorme, de una anchura de tres pies de hombro a hombro, delgado, huesudo, cargado de espaldas, con el cuello y las orejas color de ladrillo, los cabellos obscuros y espesos, inclinose para pasar por el boquete, y Marcos Divès apareció ante Hullin bostezando, estirando sus largos brazos y dando un suspiro contenido.
A primera vista, la fisonomía de Marcos Divès parecía bastante pacífica. La frente ancha y baja, las despejadas sienes, los cabellos cortos y rizados que avanzaban en punta hasta cerca de las cejas, la nariz recta y larga, el mentón prolongado, y, sobre todo, la expresión tranquila de sus ojos obscuros hubieran inducido a creer que pertenecía a la familia de los rumiantes más bien que a la de las fieras; pero hubiese sido aventurado fiarse de las apariencias. Por la comarca corrían rumores de que Marcos Divès, en caso de que le atacaran los carabineros, no tendría el menor reparo en servirse del hacha y de la escopeta para acabar pronto; a él se le atribuían varios accidentes graves ocurridos a los agentes del fisco; pero las pruebas faltaban en absoluto. El contrabandista, gracias a su profundo conocimiento de los puertos de la sierra y de las veredas que van de Dagsburg a Sarrebrück y de Raon-l'Etape a Basilea, en Suiza, siempre se hallaba a quince leguas de los sitios donde había sucedido alguna fechoría. Además, tenía un aire bonachón, y aquellos que habían hecho correr rumores que le perjudicaban siempre hubieron de acabar mal; lo que prueba la justicia del Señor en este mundo.
—A fe mía, Hullin—exclamó Marcos después de salir del agujero—, ayer estuve pensando en ti, y si no hubieras venido, hubiese ido yo a la fábrica del Valtin con el solo objeto de buscarte. Siéntate. Hexe-Baizel, trae un asiento a Hullin.
Luego sentose el contrabandista en el hogar, con la espalda hacia el fuego y frente a la puerta abierta, por la que penetraban juntos los vientos de Alsacia y de Suiza.