Por el boquete podía descubrirse una vista espléndida; parecía un verdadero cuadro recortado por la roca, un cuadro inmenso abarcando todo el valle del Rin, y del otro lado, las montañas, que se perdían en la bruma. Respirábase un vientecillo fresco, y el fuego que danzaba en aquel nido de búhos era agradable de ver con sus tonos rojos, después que los ojos habían recorrido la extensión azulada.

—Marcos—dijo Hullin tras un instante de silencio—, ¿puedo hablar delante de tu mujer?

—Ella y yo somos una sola persona.

—Pues bien, Marcos, vengo a comprarte pólvora y plomo.

—Para tirar liebres, ¿no es verdad?—dijo el contrabandista guiñando los ojos.

—No; para batirnos con los alemanes y los rusos.

Hubo un instante de silencio.

—¿Y necesitarás mucha pólvora y mucho plomo?

—Todo el que me puedas proporcionar.

—Puedo proporcionarte hoy municiones por valor de tres mil francos—dijo el contrabandista.