—¿Hay algunos que pagan?

—La que paga es Catalina Lefèvre, y ella es la que me manda—dijo Hullin.

Entonces Marcos se levantó, y con voz grave, extendiendo el brazo hacia los precipicios, exclamó:

—¡Es una mujer..., una mujer tan grande como aquel peñón de allá abajo, el Oxenstein, el mayor que he visto en mi vida! ¡Bebo a su salud! ¡Bebe tú también, Juan Claudio!

Hullin bebió, y luego lo hizo la anciana.

—Después de eso no hay más que hablar—exclamó Divès—; pero escucha, Hullin; no hay que creer que es empresa fácil cortarles el paso; todos los cazadores furtivos, todos los segares[3] schileteros y leñadores de la sierra no bastarán para ello. Acabo de llegar del otro lado del Rin. ¡Cuántos rusos, austriacos, bávaros, prusianos, cosacos y húngaros..., cuántos he visto! ¡Cubren la tierra; los pueblos no pueden albergarlos y acampan en las llanuras, en las cañadas, en las alturas, en las ciudades, a campo raso; por todas partes, por todas partes hay enemigos!

En aquel momento un grito agudo hendió los aires.

—¡Es un halcón que está de caza!—dijo Marcos interrumpiéndose.

Mas en el mismo instante pasó una sombra por el peñón.

Era una bandada de pinzones que volaba sobre el abismo, y centenares de halcones y gavilanes se agitaban sobre ellos, dando vertiginosas vueltas y gritos estridentes para azorar a su presa, mientras que la bandada parecía inmóvil, de densa que era. El movimiento regular de tantos miles de alas producía en el silencio un ruido semejante al de las hojas secas arrastradas por el cierzo.