Entonces, tomando una resolución sin titubear, entró diciendo con voz fuerte:
—Luisa, ya estoy de vuelta.
Acto continuo, la joven, rebosando alegría y saltando como una corza, corrió a abrazar a Hullin.
—¡Ah! ¿Eres tú, papá Juan Claudio? ¡Te esperaba! ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Cuánto tiempo has estado de viaje! ¡Pero ya estás aquí!
—¡Es que, hija mía—contestó el buen hombre en tono menos decidido, dejando la estaca detrás de la puerta y el sombrero sobre la mesa—, es que...
Y no pudo decir más.
—Sí, sí, has ido a ver a tus amigos—dijo riendo Luisa—; lo sé todo; mamá Lefèvre me lo ha contado todo.
—¿Cómo, tú lo sabes?... ¿Y no te impresiona nada?... Me alegro, me alegro; eso prueba tu buen sentido. ¡Y yo que temía verte llorar!
—¡Llorar! ¿Y por qué, papá Juan Claudio? ¡Oh! Yo tengo valor; tú no me conoces, por lo visto.
Luisa tomó una expresión decidida, que hizo sonreír a Hullin; pero aquella sonrisa desapareció súbitamente cuando la joven agregó: