—Vamos a ir a la guerra..., vamos a pelear..., vamos a batir la sierra...
—¿Cómo? ¿Qué es eso de vamos, vamos?—exclamó el buen hombre completamente sorprendido.
—¡Pues claro! ¿Es que no vamos ya?—dijo Luisa con voz que revelaba su contrariedad.
—Quiero decir... que tengo que dejarte sola algún tiempo, hija mía.
—¡Dejarme!... ¡Oh!, de ningún modo. Me voy contigo; eso está decidido. Mira, mi equipaje ya está preparado en ese paquete, y ahora estoy arreglando el tuyo. No te preocupes de nada; déjame disponerlo todo y quedarás satisfecho.
Hullin no podía salir de su estupor.
—¡Pero, Luisa—exclamó por fin—; tú no sabes lo que dices! ¡Reflexiona un poco! Hay que pasar muchas noches a campo raso, marchar, correr, y el frío y la nieve, los tiros... ¡Eso no puede ser!
—¡Por Dios—exclamó la joven, con voz nublada por las lágrimas y arrojándose a sus brazos—, no me digas que no! Quieres reírte a costa de tu hijita Luisa...; tú no puedes abandonarme.
—¡Pero estarás mejor aquí!... Tendrás fuego..., recibirás noticias nuestras todos los días...
—No, no quiero; quiero marcharme. El frío no me importa nada. Hace mucho tiempo que estoy encerrada; deseo tomar un poco de aire. ¿No salen también los pájaros? Los petirrojos se pasan fuera todo el invierno. Cuando era muy pequeña ¿no he sufrido hambre y frío?