Un grito de alegría resonó en la casuca.
—¡Oh! ¡Qué bueno eres!
Y, en un momento, las lágrimas de Luisa se secaron.
—Marcharemos a batir los bosques, a luchar.
—¡Ah!—exclamó Hullin moviendo de arriba abajo la cabeza—; ahora lo veo claro; no puedes negar que eres la pequeña heimatshlos. ¡Vaya usted a domesticar una golondrina!
Después, sentándola sobre sus rodillas, le dijo:
—Mira, Luisa; hace ahora doce años que te encontré un día en medio de la nieve; ¡estabas completamente amoratada, pobre niña! Y cuando estuvimos en la barraca, cerca de un gran fuego, y poco a poco fuiste volviendo, lo primero que hiciste fue sonreírme. Desde entonces no he tenido otra voluntad que la tuya. Con esa sonrisa me has llevado donde has querido.
Y como Luisa le sonriera nuevamente, Juan Claudio y su ahijada se besaron.
—Pues bien—dijo Hullin dando un suspiro—; veamos si los paquetes están bien hechos.
Acercose a la cama y vio con asombro sus trajes de abrigo, sus chalecos de franela muy bien cepillados, muy bien doblados y perfectamente empaquetados; allí estaba asimismo el paquete de Luisa con sus vestidos, sus faldas y sus recios zapatos cuidadosamente ordenados. Por último, no pudiendo dejar de reír, exclamó: