—¡Oh, heimatshlos, heimatshlos! ¡Nadie como tú para hacer bien un paquete y para marcharse sin volver la cabeza!
Luisa sonrió.
—¿Estás contento?
—¡No he de estarlo! Pero mientras hacías todo esto, estoy seguro que no has pensado en preparar la cena.
—¡Oh! ¡Eso se arregla pronto! No sabía que venías esta noche, papá Juan Claudio.
—Es verdad, hija mía. Prepárame algo, cualquier cosa, con tal que sea pronto, porque tengo mucho apetito. Mientras tanto, voy a fumar una pipa.
—Sí, eso es; fúmate una pipa.
Hullin se sentó junto al banco de trabajo y comenzó a golpear con el eslabón con aspecto muy pensativo. Luisa iba de un lado a otro, como un verdadero diablillo, atizando el fuego, partiendo los huevos sobre la sartén y haciendo surgir, en un abrir y cerrar de ojos, una tortilla. Nunca la joven se había mostrado tan dispuesta, tan alegre y tan linda. Hullin, con el codo apoyado en la mesa y la mano en la mejilla, la miraba ir y venir, gravemente, pensando en la cantidad de firmeza, de voluntad y de resolución que existía en aquel cuerpecillo, ligero como una hada y decidido como un húsar. Pocos instantes después Luisa le servía la tortilla en un plato grande y vidriado, el pan, el vaso y la botella.
—Aquí tienes, papá; y, ahora, regálate.
Y mientras Juan Claudio comía, Luisa le miraba afectuosamente.