—¡Es curioso! ¡Es curioso! La última vez lo cogí en Marengo..., hace catorce años... ¡Me parece que fue ayer!

De repente, oyose fuera crujir la nieve endurecida como por la presión de unas pisadas rápidas. Hullin prestó atención: «¡Es alguien!...»

Casi inmediatamente después dos golpes, suaves y secos, sonaron en los cristales. Juan Claudio se dirigió a la ventana y la abrió. La cabeza de Marcos Divès, con su ancho sombrero de fieltro, rígido por el frío, se inclinó en la sombra.

—¿Qué hay, Marcos? ¿Qué noticias?

—¿Has avisado a los de la sierra, a Materne, a Jerónimo, a Labarbe?

—Sí, a todos.

—Pues no hay tiempo que perder; el enemigo ha pasado.

—¿Ha pasado?

—Sí..., en toda la línea... He recorrido quince leguas por la nieve, desde esta mañana, para decírtelo.

—¡Bien! Es preciso hacer la señal: una gran hoguera en el Falkenstein.