Hullin estaba muy pálido; volvió a ponerse los zapatos. Dos minutos después, con la recia zamarra sobre los hombros y empuñando una estaca, abría suavemente la puerta y marchaba a largos pasos, junto a Marcos Divès, camino del Falkenstein.
VII
Desde media noche hasta las seis de la mañana brilló, en medio de la obscuridad, una hoguera en la cumbre del Falkenstein, y toda la sierra se puso en movimiento.
Los amigos de Hullin, de Marcos Divès y de la Lefèvre, calzando altas polainas y llevando sendos fusiles, se encaminaron, en el silencio de los bosques, hacia los puertos del Valtin. El propósito del enemigo de atravesar las llanuras de Alsacia para caer de improviso sobre los desfiladeros había sido adivinado por todos. La campana de Dagsburg, de Abreschwiller, de Walsch, de San Quirino y de las demás aldeas no cesaban de tocar alarma.
Hay que imaginarse el Jaegerthal, al pie del viejo burg, en una época de nieves extraordinaria a la pálida luz de aquella hora temprana cuando los macizos de árboles comienzan a surgir de las sombras, cuando el excesivo frío de la noche empieza a templar, al acercarse el día. Hay que figurarse la antigua fábrica de aserrar, con su amplio techo plano, su pesada rueda llena de témpanos, su ancha barraca débilmente iluminada por una hoguera, cuya luz disminuía al acercarse el crepúsculo, y alrededor del fuego gorros de piel, sombreros de fieltro, negros perfiles mirándose unos por encima de otros y apretándose como si formaran una muralla; a lo lejos, en los claros de los bosques y en las anfractuosidades de la cañada, se veían otras hogueras que iluminaban grupos de hombres y mujeres agazapados en la nieve.
La agitación comenzaba a disminuir. A medida que el cielo se aclaraba, la gente se reconocía.
—¡Toma! ¡El primo Daniel, de Soldatenthal! ¿También tú has venido?
—¡Es claro! Ya lo ves, Enrique, y mi mujer también.
—¿Cómo? ¿La prima Nanette? ¿Y dónde está?
—Allá abajo, cerca de la encina grande, junto al fuego del tío Hars.