—¡Bah! ¡Esto está que arde, Hullin!

—Sí, sí; este invierno vamos a oír crujir las castañas. Buenos días, amigo Jerónimo; ha llegado la hora de los grandes acontecimientos.

—Sí, Juan Claudio, y hay que esperar que, con la ayuda de Dios, saldremos de ellos.

Catalina había llegado mientras tanto a la puerta de la fábrica de aserrar, y ordenó a Labarbe que dejara en el suelo un barrilillo de aguardiente, que había traído de la granja, y que fuera a buscar un cántaro a la choza del ségare.

Pocos instantes después, Hullin, al acercarse a la hoguera, encontró a Materne y a sus dos hijos.

—Llega usted tarde—le dijo el anciano cazador.

—Sí; es cierto. ¿Qué quieres? He tenido que bajar del Falkenstein, coger el fusil y acomodar a las mujeres. Pero, en fin, ya estamos aquí, no perdamos tiempo. ¡Lagarmitte, toca la cuerna para que se reúna la gente! Ante todo, es preciso ponerse de acuerdo y hay que nombrar jefes.

Lagarmitte tocó la trompa, hinchándosele las mejillas hasta las orejas, y los grupos que aún se hallaban dispersos a lo largo de los senderos y a las orillas de los bosques apresuraron el paso para llegar a tiempo. Momentos después aquella muchedumbre de gentes se hallaba reunida frente a la fábrica de aserrar. Hullin, que había adquirido un aspecto muy serio, subiose en una pila de troncos cortados y, dirigiendo a la multitud profundas miradas, dijo en medio del mayor silencio.

—El enemigo ha pasado el Rin anteanoche y se dirige a la sierra para penetrar en Lorena: Estrasburgo y Huningue se hallan sitiados. Hay que suponer que dentro de tres o cuatro días veremos aquí a los alemanes y a los rusos.

Se oyó un grito unánime de «¡Viva Francia!»