—Sí, viva Francia—añadió Juan Claudio—, porque si los aliados llegan a París son dueños de todo; pueden imponer trabajos obligatorios, diezmos, conventos; restablecer los privilegios y levantar patíbulos. ¡Si queréis volver a tener todo eso, no tenéis mas que dejarlos pasar!
Imposible sería describir el furor reconcentrado que se manifestaba en los rostros de los reunidos.
—¡Eso era lo que yo tenía que deciros!—gritó Hullin muy pálido—. Si hemos venido aquí, es para luchar.
—Sí, sí.
—Está bien, pero oídme. No quiero entre nosotros traidores. Hay aquí algunos que son padres. Hemos de ser uno contra diez, contra cincuenta; fácil será que perezcamos. Así es que aquellos que no lo hayan pensado bien, aquellos que no se sientan con ánimos de llegar hasta el fin, que se vayan; no se lo reprocharemos. Todo el mundo es libre.
Hullin callose un momento, mirando a su alrededor. Nadie se movió. En vista de lo cual, con voz más segura, acabó de esta manera:
—¡Nadie se marcha! ¡Todos, todos estáis conformes con luchar! ¡Muy bien; mucho me alegra que no haya un solo granuja entre nosotros! Ahora es preciso que nombremos un jefe. En los momentos de peligro, lo primero es el orden, la disciplina. El jefe que vais a nombrar tendrá derecho absoluto a mandar y ser obedecido. Así es que pensadlo bien, porque de tal hombre va a depender la suerte de todos.
Una vez que hubo terminado, Juan Claudio descendió de los troncos, y la agitación que entonces se produjo fue extraordinaria. Cada aldea deliberaba separadamente; cada aldea tenía una persona a quien proponer. Mientras, el tiempo corría y Catalina Lefèvre consumíase de impaciencia. Por último, no pudiendo resistir más, se levantó de su asiento e hizo seña de que quería hablar.
Catalina gozaba de una gran consideración. Al pronto fueron sólo algunos, pero luego fueron en gran número los que se acercaron para saber lo que quería decir.
—¡Amigos míos!—dijo—, perdemos mucho tiempo. ¿Qué es lo que necesitamos? Una persona de quien nos podamos fiar, ¿no es eso? ¿Un soldado, un hombre que haya estado en la guerra y que sepa aprovechar la ventaja de nuestras posiciones? Pues bien, ¿por qué no nombráis a Hullin? ¿Hay alguno que sea mejor? Que se levante en seguida y decidiremos. Por mi parte, propongo a Juan Claudio Hullin. ¡Eh! ¡Allá abajo! ¿Lo oís? Pero si esto continúa, los austriacos estarán aquí antes de que tengamos un jefe.