—¡Sí, sí, Hullin!—exclamaron Labarbe, Divès, Jerónimo y otros varios—. ¡Vamos a votar en pro o en contra!

Entonces Marcos Divès, encaramándose en los troncos, exclamó con voz de trueno:

—¡Los que no quieran a Juan Claudio Hullin por jefe que levanten la mano!

Ni una sola mano se levantó.

—¡Los que quieran a Juan Claudio Hullin por jefe que levanten la mano!

No se vieron mas que manos en el aire.

—Juan Claudio—dijo el contrabandista—, sube aquí, mira..., ¡es a ti a quien quieren!

El señor Juan Claudio subió acto continuo, y vio que, en efecto, estaba nombrado, e inmediatamente, con voz firme, dijo:

—¡Está bien! Me nombráis vuestro jefe, y yo acepto. Que Materne, el padre; Labarbe, de Dagsburg; Jerónimo, de San Quirino; Marcos Divès, Piorette el ségare y Catalina Lefèvre entren en la fábrica. Vamos a deliberar. Dentro de un cuarto de hora o de veinte minutos daré las órdenes. Mientras tanto, cada aldea designará dos hombres para que vayan con Marcos Divès a buscar pólvora y balas al Falkenstein.

VIII