—¡Oh, qué bueno es usted!—dijo la joven besando a su padre con cariño.
—Sí, sí...; tú me acaricias—dijo Hullin riendo—porque hago todo lo que quieres... Pero ¿quién me pagará la madera y el trabajo?... No será ciertamente Yégof...
Luisa besó otra vez a Hullin, el cual, mirándola con ternura, murmuró:
—Esta moneda bien vale aquella otra.
Yégof se encontraba entonces a cincuenta pasos de la casita, y el tumulto iba en aumento. Los muchachos, agarrándose a los pingajos de la chaqueta del loco, gritaban: «¡Bastos! ¡Espadas! ¡Copas!» De improviso el viejo se volvió, y levantado el cetro que llevaba, con aire digno, aunque irritado, exclamó:
—¡Retiraos, raza maldita!... ¡Retiraos..., no me aturdáis más... o suelto contra vosotros mi jauría de dogos!
Aquella amenaza no produjo otro efecto que aumentar los silbidos y las carcajadas; pero como en el mismo instante Hullin apareció en el umbral de la puerta con una larga barrena en la mano y como, distinguiendo a cinco o seis de los más revoltosos, les advirtiese que aquella misma noche iría a tirarles de las orejas durante la cena, lo que el buen hombre había hecho ya varias veces con el consentimiento de sus padres, el cortejo se disolvió, consternado de semejante encuentro. Entonces, volviéndose hacia el loco, el almadreñero dijo:
—Entra, Yégof, y ven a calentarte al lado del fuego.
—Yo no me llamo Yégof—respondió el desdichado como si le hubiesen ofendido—; yo me llamo Luitprand, rey de Austrasia y de Polinesia.
—Sí, sí, ya lo sé, ya lo sé—dijo Juan Claudio—. Me has contado todo eso. De cualquier modo, no importa; te llames Yégof o Luitprand, entra. Hace frío y necesitas calentarte.