—Yo entro—contestó el loco—, pero es para tratar de un asunto muy importante; es para una cuestión de Estado..., para pactar una alianza indisoluble entre los germanos y los triboques.

—Bien; pues hablaremos de eso.

Yégof, inclinándose bajo la puerta, entró muy pensativo y saludó a Luisa con la cabeza, al mismo tiempo que bajaba el cetro; pero el cuervo no quiso entrar; desplegando sus grandes alas cóncavas, dio una amplia vuelta alrededor de la barraca y fue a caer a todo volar sobre los cristales para romperlos.

—¡Hans—le gritó el loco—, ten cuidado! Yo vengo...

Pero el pájaro no separó sus agudas garras de las mallas de plomo y no dejó de agitar en la ventana sus grandes alas mientras que su amo permaneció en la casa. Luisa, llena de miedo, apartaba de él los ojos. En cuanto a Yégof, sentose en el viejo sillón de cuero, detrás de la estufa, extendió las piernas, como si estuviera en un trono, y paseando a su alrededor la mirada con imperio, exclamó:

—Vengo de Jéromé directamente para concertar contigo un matrimonio, Hullin. No ignoras que me he dignado fijar los ojos en tu hija, y vengo a pedírtela para que sea mi mujer.

Luisa, al oír aquella proposición, enrojeció hasta las orejas, y Hullin lanzó una sonora carcajada.

—¡Te ríes!—exclamó el loco con voz cavernosa—. Pues haces mal en reírte... Este matrimonio es lo único que puede salvar de la ruina que amenaza tanto a ti como a tu casa y a todos los tuyos... Ahora mismo mis ejércitos van avanzando... Son innumerables... Cubren gran parte de la Tierra... ¿Qué podéis vosotros contra mí? Seréis vencidos, aniquilados, reducidos a la esclavitud como lo habéis sido ya durante siglos enteros, porque yo, Luitprand, rey de Austrasia y de Polinesia, he decidido que todo vuelva al estado que antiguamente tenía... ¡Acuérdate!

Y diciendo esto, el loco levantó el dedo con aire solemne.

—¡Acuérdate de lo que ha pasado!... ¡Vosotros habéis sido vencidos!... Y nosotros, las viejas razas del Norte, os hemos puesto el pie en la frente. Hemos cargado sobre vuestras espaldas las más pesadas piedras para construir nuestras fortalezas y nuestras prisiones subterráneas... Os hemos uncido a nuestros arados y habéis sido para nosotros lo que la paja para el huracán... ¡Acuérdate, acuérdate, triboque, y tiembla!