—Me acuerdo muy bien—dijo Hullin sin dejar de reír—; pero nosotros hemos tomado el desquite... ¿No es verdad?
—Sí, sí—interrumpió el loco frunciendo las cejas—; pero aquel tiempo ha pasado. Mis guerreros son más numerosos que las hojas de los bosques... y vuestra sangre fluye como el agua de los arroyos. ¡Te conozco hace más de mil años!
—¡Bah!—respondió Hullin.
—Sí, esta mano, ¿lo oyes?, esta mano es la que te ha vencido cuando llegamos por vez primera al corazón de vuestros bosques... ¡Mi mano es la que ha doblado tu cerviz bajo el yugo y te la volverá a doblar otra vez! Porque vosotros sois valientes, creéis que seréis para siempre dueños de este país y de Francia entera... ¡Pues bien, estáis equivocados! Nosotros os hemos dividido y os dividiremos: devolveremos Alsacia y Lorena a Alemania; Bretaña y Normandía, a los hombres del Norte; Flandes y el Mediodía, a España. Haremos de Francia un pequeño reino alrededor de París..., un reino muy pequeño, con un descendiente de la vieja raza por jefe..., y vosotros no os moveréis..., estaréis muy tranquilos... ¡Je, je, je!
Yégof comenzó a reír.
Hullin, que no sabía casi nada de Historia, estaba admirado de que el loco conociese tantos nombres.
—¡Bah, dejemos eso, Yégof—le dijo—, y come un poco de sopa para que te calientes el estómago!
—No es sopa lo que te pido; lo que te pido es tu hija..., la más hermosa de mis Estados... Dámela voluntariamente y te elevo a las gradas de mi trono; de lo contrario, mis ejércitos te la arrebatarán por la fuerza y no tendrás el mérito de habérmela dado.
Y al hablar así, el desgraciado miraba a Luisa con profunda admiración.
—¡Qué hermosa es!...—añadió Yégof—. Los más preciados honores le están reservados... ¡Alégrate, joven, alégrate... Tú serás reina de Austrasia!