—Oye, Yégof—dijo Hullin—, me honra mucho tu petición...; eso prueba que sabes estimar la belleza... Está muy bien...; pero mi hija está prometida ya a Gaspar Lefèvre.

—¡Pues yo—exclamó el loco lleno de irritación—no quiero oír hablar de eso!

Después, levantándose, añadió, volviendo a tomar su aspecto solemne:

—Hullin, ésta es mi primera petición; volveré a hacerla dos veces..., ¿lo oyes?..., dos veces. Y si persistes en tu obstinación..., ¡que la desgracia caiga sobre ti y sobre tu raza!

—¡Cómo! ¿No quieres comerte la sopa?

—No, no—aulló el loco—; no aceptaré nada tuyo hasta que no hayas consentido...; nada, nada.

Y dirigiéndose a la puerta con gran satisfacción de Luisa, que no apartaba los ojos del cuervo que golpeaba los cristales con las alas, dijo alzando el cetro:

—Dos veces...

Y salió.

Hullin prorrumpió en una sonora carcajada.