—No—dijo el contrabandista, a quien la reflexión de Hullin sobre las cuevas había impresionado—; no, si se piensa bien, no te falta razón. Juan Claudio, dispongo de varios hombres con buenas armas; defenderemos el Falkenstein, y si se presenta la ocasión de dar un balazo, así estaré más libre.

—Entonces, ¿es asunto concluido y perfectamente comprendido?—preguntó Hullin.

—Sí, sí; comprendido.

—Pues bien, compañeros—exclamó el animoso jefe con voz alegre—; vamos a calentarnos con unos vasos de buen vino. Son las diez; que cada uno se marche a su aldea y se procure provisiones. Mañana por la mañana, a más tardar, es preciso que todos los desfiladeros se hallen perfectamente defendidos.

Los reunidos salieron de la cabaña, y Hullin, en presencia de todo el mundo, nombró a Labarbe, a Jerónimo y a Piorette, jefes de los puertos; luego ordenó a los naturales de las orillas del Sarre que se congregasen lo más pronto posible cerca de la finca de «El Encinar» llevando hachas, picos y fusiles.

—Saldremos a las dos—les dijo Juan Claudio—, y acamparemos en el Donon, enmedio del camino. Mañana, a primera hora, comenzaremos la tala.

Hullin quedose un momento hablando con Materne y sus hijos Frantz y Kasper, advirtiéndoles que la batalla seguramente comenzaría en el Donon y que se necesitaban por este lado buenos tiradores, lo cual fue oído por aquéllos con gran complacencia.

La señora Lefèvre nunca había sido más feliz; cuando subió al carro que la esperaba, besó a Luisa y le dijo al oído:

—Todo va bien... Juan Claudio es un hombre...; todo lo prevé... y sabe arrastrar a la gente... Yo, que le conozco hace cuarenta años, estoy asombrada.

Y luego, volviéndose, exclamó: