—Juan Claudio, abajo nos espera un jamón y algunas botellas de vino añejo, que no se beberán los alemanes.
—No, Catalina, no se las beberán. Vámonos; aquí estoy.
Pero en el momento de ir a dar el latigazo y cuando numerosos campesinos trepaban ya por la ladera para regresar a sus aldeas, se vio asomar muy lejos, en el sendero de Trois-Fontaines, un hombre alto, delgado, cabalgando en una jaca grande y roja, con una gorra de piel de conejo, de visera ancha y baja, metida hasta los hombros, dejando ver sólo la nariz. Un hermoso perro de caza negro saltaba junto a él, y los faldones de su desmesurada levita se movían como si fuesen alas. Todo el mundo exclamó:
—Es el doctor Lorquin, el del llano, el que cura gratis a los pobres; viene con su perro Plutón; es una excelente persona.
En efecto, era él, que llegaba trotando y dando voces:
—¡Alto!... ¡Quietos!... ¡Alto!
Y su cara roja, sus ojos vivos y abultados, su barba de un color rojizo obscuro, sus anchas y encorvadas espaldas, su caballo y su perro, todo aquello hendía el aire y crecía a ojos vistas. En dos minutos llegó al pie de la sierra, atravesó el prado y desembocó por el puente a la choza. Y, con voz entrecortada por la falta de aliento, comenzó a decir en seguida:
—¡Ah, los taimados! ¡Pues no quieren entrar en campaña sin mí! ¡Ya me lo pagarán!
Y dando golpes en una arquita que llevaba a la grupa, añadió:
—Esperad, amigos míos, esperad; llevo aquí dentro algo que ya sabéis lo que es: aquí traigo cuchillos pequeños y grandes, redondos y puntiagudos, para atrapar las balas, los cascos de granada y la metralla de diferente clase que os van a regalar.