Y, dicho esto, el médico prorrumpió en una carcajada estentórea; todos los que escuchaban sintieron un momentáneo escalofrío.

Habiendo conseguido dar aquella broma agradable, el doctor Lorquin añadió en tono más serio:

—Hullin, yo debía tirar a usted de las orejas. ¿Por qué, cuando se trata de defender la patria, no se acuerda de mí? He tenido que enterarme por otras personas. Y, sin embargo, me parece que un médico no está aquí de más. Eso no se lo perdono.

—Excúseme usted, doctor; he hecho mal—dijo Hullin estrechándole la mano—. ¡Pero han pasado tantas cosas desde hace ocho días!... ¡Siempre se le olvida a uno algo! Y, además, un hombre como usted no necesita que le requieran para cumplir con su deber.

Apaciguose el doctor y dijo:

—Todo eso está bien y es cierto; pero no impide que yo, por culpa suya, llegue tarde; los buenos puestos ya están tomados, y distribuidas las cruces. Vamos a ver, ¿dónde está el general, para presentarle mis quejas?

—Soy yo.

—¡Oh!, ¡oh! ¿De veras?

—Sí, doctor, yo soy, y le nombro nuestro médico mayor.

—¡Médico mayor de los guerrilleros de los Vosgos! ¡Bien; eso me agrada! Lo olvido todo, Juan Claudio.