Y, acercándose al carruaje, el doctor dijo a Catalina que contaba con ella para organizar las ambulancias.

—Esté usted tranquilo, doctor—respondió la labradora—; todo estará dispuesto; Luisa y yo vamos a ocuparnos del asunto a partir de esta noche; ¿no te parece, Luisa?

—¡Sí, sí, mamá!—exclamó la joven, entusiasmada al ver que se iba decididamente a la guerra—; vamos a trabajar muchísimo; pasaremos la noche velando, si es preciso. El señor Lorquin quedará satisfecho.

—¡Pues bien! ¡En marcha! Usted comerá con nosotros, doctor.

El carro partió al trote. Mientras le seguía, el animoso doctor contó a Catalina cómo había sabido la noticia de la sublevación general, la desolación de su ama de llaves, la anciana María, que no quería dejarle ir a matarse con los kaiserlicks; en fin, los diferentes episodios de su viaje desde Quibolo hasta la aldea de Charmes. Hullin, Materne y sus hijos iban algunos pasos más atrás, con la carabina al hombro, y de este modo subieron la ladera y se dirigieron hacia la granja de «El Encinar».

IX

Fácilmente puede imaginarse la animación de la granja, las idas y venidas de los criados, los gritos de entusiasmo de todo el mundo, el chocar de vasos y tenedores, y la alegría que reflejaban aquellos rostros cuando Juan Claudio, el doctor Lorquin, los Materne y cuantos habían acompañado al carruaje de Catalina se instalaron en la amplia sala, alrededor de un magnífico jamón, y se pusieron a celebrar sus futuros triunfos con la jarra en la mano.

Era precisamente un martes, día de amasar en la granja.

La cocina, desde por la mañana, estaba hecha un ascua de oro; Duchêne, el viejo aperador, en mangas de camisa y con su gorro de algodón metido hasta las orejas, sacaba del horno innumerables panecillos, cuyo buen olor llenaba toda la casa. Anita los tomaba e iba apilándolos en un rincón del hogar. Luisa servía a los convidados, y Catalina Lefèvre lo vigilaba todo, diciendo de vez en cuando:

—Daos prisa, hijos míos, daos prisa. La tercera hornada debe estar acabada cuando lleguen los del Sarre. Ya sabéis que tocan a seis libras de pan por hombre.