Hullin, desde su sitio, veía a la anciana labradora ir y venir.
—¡Qué mujer!—se decía—, ¡qué mujer! ¡Vaya usted a encontrar dos semejantes en toda la comarca! ¡A la salud de Catalina Lefèvre!
—¡A la salud de Catalina!—respondían los demás.
Chocaban los vasos unos contra otros, y se reanudaban las conversaciones de combates, ataques y atrincheramientos. Todos se sentían poseídos de una ciega confianza, todos se decían para sus adentros: «¡Esto marcha bien!»
Pero el cielo les reservaba en aquel día una satisfacción aún mayor, sobre todo a Luisa y a la señora Lefèvre. Hacia mediodía, cuando un hermoso sol de invierno blanqueaba la nieve y fundía la escarcha de los cristales, y cuando el arrogante gallo rojo, sacando la cabeza del gallinero y moviendo las alas, lanzaba su grito triunfal, que repetían los ecos del Valtin, de repente el perro de la puerta, el viejo Johan, que estaba completamente mellado y casi ciego, prorrumpió en aullidos tan alegres y al mismo tiempo tan lastimeros, que todo el mundo prestó atención.
Era el momento de mayor animación en la cocina; la tercera hornada salía del horno, y, no obstante, todos, hasta Catalina Lefèvre, suspendieron el trabajo.
—Algo sucede—dijo la labradora en voz baja.
Y luego añadió muy conmovida:
—Desde que se marchó mi hijo, Johan no ha aullado así.
En aquel instante se oyeron pasos ligeros que atravesaban el patio. Luisa corrió a la puerta, gritando: «¡Es él, es él!» Y casi al mismo tiempo, una mano agitada buscaba el pestillo; abriose la puerta y apareció en el umbral un soldado, pero un soldado tan flaco, tan moreno y escuálido, con un capote gris con botones de estaño tan viejo y raído, con unas altas polainas tan destrozadas, que todos los allí presentes quedáronse, al verle, sobrecogidos.