El soldado parecía no poder dar un paso más, y muy despacio dejó caer el fusil con la culata hacia el suelo. La punta de la nariz del recién llegado—la nariz de la señora Lefèvre—relucía como el bronce; sus rubios bigotes temblaban; cualquiera hubiera pensado en uno de esos gavilanes grandes y flacos a los que el hambre lleva a las puertas de los establos en invierno. El soldado contemplaba la cocina, muy pálido, a través del color moreno de sus mejillas, con los hundidos ojos llenos de lágrimas y sin poder dar un paso ni decir una palabra.

Fuera, el viejo perro saltaba, aullaba, sacudía la cadena; dentro se oía la llama chisporrotear: tan profundo era el silencio; pero, en seguida, Catalina Lefèvre, con voz desgarradora, exclamó:

—¡Gaspar!... ¡Hijo mío!... ¿Eres tú?

—¡Sí, madre!—respondió el soldado en voz baja y como si le ahogara la emoción.

Y en el mismo momento Luisa comenzó a sollozar, mientras que en la amplia sala se levantaba un ruido ensordecedor.

Todos los amigos se acercaron al recién llegado, con el señor Juan Claudio al frente, gritando: «¡Gaspar! ¡Gaspar Lefèvre!»

Al aproximarse vieron que madre e hijo se besaban: aquella mujer tan enérgica, tan decidida, lloraba a lágrima viva: Gaspar no lloraba, sostenía a su madre junto a su pecho, mezclándose sus bigotes rubios con los cabellos grises de la anciana, mientras murmuraba:

—¡Madre!... ¡Madre!... ¡Ah! ¡Cuántas veces he pensado en ti!

Luego, con voz más firme, añadió:

—¡Luisa! ¡Yo he visto a Luisa!...