Y Luisa se arrojó en sus brazos, cambiando entre ambos muchos besos.

—¡Ah! ¡No me has reconocido, Luisa!

—¡Oh, sí!; ¡oh, sí!; te he reconocido en seguida, por tus pasos.

El anciano Duchêne, con el gorro de algodón en la mano, cerca del hogar, tartamudeaba:

—¡Santo Dios!... ¿Es posible?... ¡Pobre muchacho..., cómo viene!...

El aperador había criado a Gaspar y se lo imaginaba siempre, desde que se marchó, rozagante y mofletudo, vistiendo un uniforme nuevo con adornos encarnados. Y al verle de distinto modo, todas sus ideas habían venido a tierra.

En tal momento Hullin, alzando la voz, dijo:

—¿Y nosotros, Gaspar, nosotros, tus antiguos amigos? ¿Nos vas a dejar en blanco?

Entonces el muchacho se volvió y prorrumpió en un grito de entusiasmo:

—¡Hullin! ¡El doctor Lorquin! ¡Materne! ¡Todos, todos, aquí están todos!