Y comenzaron de nuevo los abrazos; pero ahora más alegres, con risotadas y apretones de manos que no acababan nunca.
—¡Ah, doctor, es usted! ¡Ah, querido papá Juan Claudio!
Todos se miraban hasta el fondo de los ojos, y en los rostros rebosaba la alegría; cogidos del brazo unos y otros, hablaban e iban de acá para allá en la sala; la señora Catalina con la mochila, Luisa con el fusil, Duchêne con el saco, continuaban riendo, secándose los ojos y las mejillas; nunca se había visto nada semejante.
—¡Sentémonos!... ¡Bebamos!—exclamó el doctor Lorquin—; ésta es la corona de la fiesta.
—¡Ah, querido Gaspar, cuán contento estoy de verte sano y salvo!—decía Hullin—. ¡Eh!, ¡eh!, sin que esto sea adularte; más me agrada verte así que cuando tenías la cara redonda y colorada. ¡Ahora estás hecho un hombre, pardiez! Me recuerdas a los veteranos de mi tiempo, a los del Sambre, a los de Egipto. ¡Bah, bah, bah! No teníamos los carrillos hinchados ni estábamos relucientes de grasa; mirábamos como las ratas hambrientas cuando ven un queso, y teníamos los dientes largos y limpios.
—Sí, sí, no me extraña, papá Juan Claudio—respondía Gaspar—. Sentémonos; así se puede hablar más cómodamente. ¡Ah, vaya! ¿y por qué están todos ustedes aquí?
—Pero ¿cómo? ¿No sabes nada? ¡Toda la comarca se ha levantado, desde el Houpe hasta San Salvador, para la defensa!
—Sí, el anabaptista del Painbach me ha dicho algo cuando pasé; ¿y es cierto?
—¡Completamente cierto! Todo el mundo toma parte en el alzamiento, y yo soy el general en jefe.
—¡Perfectamente, perfectamente! ¡Con mil demonios! ¡Que esos granujas de kaiserlicks no caigan sobre nosotros sin llevar su merecido, me parece muy bien! ¡Bah! Deme uste el cuchillo. Es igual; ¡qué bien se encuentra uno en su casa! ¡Eh, Luisa! ¡Ven y siéntate un momento aquí! ¡Mire usted, papá Juan Claudio, con esta personilla a un lado, el jamón al otro y la jarra en frente, en menos de quince días me reponía completamente; no me reconocían los camaradas de la compañía!