—¡Oh!, semejante idea no se me ocurrirá nunca; pero, sin embargo...
—¡A usted no le desagradará saber que tengo mis papeles en regla! No puedo engañarle, papá Juan Claudio; usted está en su derecho; ¡el que falta al llamamiento cuando los kaiserlicks están en Francia merece que le fusilen! Pero no tenga cuidado, aquí está mi permiso.
Hullin, que no sentía una falsa delicadeza, leyó:
«Permiso de veinticuatro horas al granadero Gaspar Lefèvre, de la 2.ª del 1.º.
»Hoy, 3 de enero de 1814.
»Gémeau, comandante del batallón.»
—Bien, bien—dijo Hullin—; mete esto en la mochila, porque puede perderse.
Juan Claudio había vuelto a adquirir su alegría habitual.
—Mirad, hijos míos—añadió luego—, sé bien lo que es el amor; es algo muy bueno y muy malo; es malo particularmente para los soldados jóvenes cuando se aproximan a su aldea después de una campaña. Son capaces de faltar a su deber y hasta llegar a huir, perseguidos por dos o tres gendarmes. Lo he visto yo mismo. En fin, puesto que todo está en regla, bebamos una copa de rikevir. ¿Qué dice usted de esto, Catalina? Los del Sarre pueden llegar de un momento a otro, y no tenemos un minuto que perder.
—Tiene usted razón, Juan Claudio—respondió la anciana labradora tristemente—. Anita, baja a la cueva y trae tres botellas de la despensa.