La criada se marchó corriendo.
—Pero ese permiso, Gaspar—añadió Catalina—, ¿cuándo comenzaste a usarlo?
—Me lo dieron ayer, a las ocho de la noche, en Vasselone. El regimiento se retiraba hacia Lorena, y yo debo alcanzarlo esta noche en Falsburgo.
—Bien; todavía tienes siete horas por delante; no necesitarás más de seis para llegar a tiempo, aun cuando haya mucha nieve en el Foxthal.
La animosa mujer fue a sentarse junto a su hijo, muy afligida. Todo el mundo estaba conmovido. Luisa, con el brazo apoyado en la descolorida charretera de Gaspar y la mejilla junto a su oreja, sollozaba; Hullin golpeaba en un extremo de la mesa para vaciar de cenizas la pipa, y fruncía las cejas, sin decir nada; pero cuando llegaron las botellas, y una vez que fueron abiertas, exclamó:
—Vamos, Luisa, valor. Todo esto no puede durar mucho tiempo, ¡pardiez! De un modo o de otro tiene que acabarse, y yo afirmo que acabará bien; Gaspar volverá, y entonces nos divertiremos.
Juan Claudio llenó las copas y Catalina secose las lágrimas, murmurando:
—¡Y pensar que esos bandidos tienen la culpa de lo que nos pasa! ¡Ah! ¡Que vengan, que vengan por aquí!
Se vaciaron las copas sin ninguna alegría; pero el añejo rikevir, al penetrar en la sangre de aquellas buenas gentes, no tardó en reanimarlos. Gaspar, más firme de lo que hubiera podido sospechar, comenzó a referir los terribles sucesos de Bautzen, Lurtzen, Leipzig y Hannau, donde los reclutas se habían batido como veteranos ganando victoria tras victoria, hasta que los traidores se pasaron al otro lado.
Todo el mundo escuchaba en silencio. Luisa, en los momentos de peligro—al pasar los ríos bajo el fuego enemigo, al tomar una batería a la bayoneta—, apretaba el brazo de Gaspar como para defenderle. Los ojos de Juan Claudio chispeaban; el doctor preguntaba siempre dónde se hallaba situada la ambulancia; Materne y sus hijos alargaban el cuello y apretaban las mandíbulas, y el vinillo añejo, acudiendo en ayuda de la imaginación, aumentaba el entusiasmo cada momento más: «¡Ah, los granujas! ¡ah, bandidos! ¡Cuidado, cuidado, no ha terminado todo!...»