Todos los que allí estaban salieron; sólo Luisa permaneció en la sala, entregada a sus lamentos. Pocos momentos después, al oír la culata del fusil golpear en las losas de la cocina y que se abría la puerta exterior, la joven lanzó un grito desgarrador y precipitose fuera.
—¡Gaspar!, ¡Gaspar!—dijo—, ya estoy tranquila, ya no lloro más; no quiero que te quedes, pero no te marches disgustado conmigo. ¡Perdóname!
—¡Disgustado! ¡Disgustado contigo, Luisa mía! ¡Oh, no!, ¡no!—dijo Gaspar—. Pero verte tan apenada me destroza el alma... ¡Ah!, pero si tienes un poco de ánimo..., entonces me iré contento.
—Pues, sí, lo tengo... Dame un beso... ¿Lo ves? Ya no soy la misma, ¡quiero ser como mamá!
Los dos jóvenes se dieron los abrazos de despedida con serenidad. Hullin sostenía el fusil, y Catalina agitaba la mano como diciendo: «¡Vamos, vamos, ya está bien!»
Gaspar, cogiendo rápidamente el fusil, se alejó con paso firme, sin volver la cabeza.
En dirección opuesta, los del Sarre, provistos de picos y hachas, trepaban en fila por el sendero del Valtin.
Cuando pasaron cinco minutos, en el recodo de la encina grande, Gaspar se volvió y levantó la mano; Catalina y Luisa le respondieron. Hullin se adelantó para recibir a la gente. Sólo el doctor Lorquin permaneció con las mujeres; y así que Gaspar, continuando su camino, hubo desaparecido, el doctor exclamó:
—Catalina Lefèvre, usted puede enorgullecerse de tener por hijo un hombre de corazón. ¡Quiera Dios que tenga suerte!
Se oían las voces lejanas de los que llegaban, que reían y marchaban a la guerra como si fuesen de fiesta.